Amar sin ahogar y sin desbordarse

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Reflexiones sobre conciencia, vínculos y orden interior

El equilibrio entre dar y tomar en las relaciones

Este artículo nace de algo muy personal, que te quiero compartir porque, aunque es personal, estoy segura de que no es exclusivamente mío, ni nada especial o demasiado diferente a lo que les sucede a muchas personas.

Nace de la necesidad de poner punto y final a ciertas formas de relación descompensadas.

Y también de recordarme algo que ya sé, pero que a veces se me olvida.

Hace tiempo que hay una canción que me acompaña cuando pienso en las relaciones.
Se llama Es de amores. La letra es de Isabel Solana (mi maestra de yoga) y de su libro Alma de canto, y más tarde fue musicada por Lucas Masciano y Manu Om.

Hay un momento de la canción que siempre me toca especialmente:

“Puedes establecerte,
te abro mis lugares,
no dudes de mis ganas
de ser tu medicina.
Se acabaron los tangos
y medir nuestro amor
por cuanto nos aturde.

Soy un lugar seguro,
paséame, compruébame,
yo no creeré tu miedo,
tú no creerás mi ira
.”

Esto de que se acabaron los tangos —ese baile que a veces parece un reto, una pequeña lucha coordinada entre la pareja— me recuerda que el amor no se mide, pero sí necesita equilibrio entre lo que doy y lo que tomo. No desde la rigidez, sino desde la consciencia. Aprendiendo a mirar el amor más allá del miedo y de la ira.

Quizá por eso este artículo nace también de ahí.

Durante años —y aunque cada vez me pasa menos, todavía me ocurre— he tendido a dar de más. Con las amistades, con las parejas… y también con mi hijo.

A veces me veo como en un tango en el que tiro demasiado del otro, marco todos los pasos y no dejo espacio para que el movimiento sea compartido. Y claro, así el baile deja de ser un encuentro y se convierte en un esfuerzo.

¿Te suena?

Dar de más parece amor. Pero tiene un precio.

Con el tiempo, y desde una mirada muy honesta —que no siempre es fácil—, he entendido que esta manera de dar de más no nace de la generosidad, sino que tiene que ver con una forma de amar aprendida muy pronto, en la infancia.

Se me aplaudía cuando hacía.
Se me animaba cuando respondía.
Se me quería, en gran parte, por todo lo que aportaba…
o eso fue lo que yo entendí.
No tiene que ser forzosamente cierto, fue mi percepción.

Y esa manera de vincularme se convirtió después en una forma de amar.

Pero no es solo una historia personal.

Nuestra cultura —especialmente en contextos latinos y mediterráneos— también aplaude el amor sacrificado: el que sostiene, el que aguanta, el que da más de lo que puede.

Ese modelo está muy normalizado.

Y nos condiciona mucho más de lo que creemos.

Dar y tomar: sostener el intercambio

En constelaciones familiares hablamos del equilibrio entre dar y tomar como una base del amor adulto.

Dar es una acción. Tomar también lo es.

Tomar no es recibir pasivamente. Tomar es reconocer lo que llega y dejar que nos toque.

No se trata de medir matemáticamente el intercambio, sino de sostener el intercambio.

Si doy poco, el vínculo no crece.

Si tomo demasiado, genero carga… y el otro puede sentirse desbordado.

Si tomo poco, no dejo que el amor me alcance.

Si doy demasiado, el otro no puede corresponder… y el otro se ahoga o yo me desbordo.

Qué implica dar de más

Dar de más puede parecer amor, pero muchas veces nace del miedo.

Miedo a perder el vínculo.

Miedo a no ser suficiente.

Miedo a que, si no sostengo yo, todo se caiga.

Cuando damos antes de que nos lo pidan, muchas veces lo que buscamos es asegurar el vínculo o sentirnos necesarias/os.

Pero cuando damos de más, el otro queda pequeño, en deuda o atrapado. Se ahoga… o yo me desbordo.

A veces, cuando doy de más o sin que me lo pidan, me estoy colocando sin darme cuenta por encima del otro. Hay algo de arrogancia en ese gesto, aunque lo disfrace de generosidad: actúo como si supiera mejor que el otro lo que necesita.

El Dr. Bach descubrió que la flor Chicory (Achicoria) ayuda a transformar ese dar que busca asegurar el vínculo —porque teme perderlo o porque espera algo a cambio— en un dar más libre, menos dependiente, más confiado, más amoroso y sin chantaje emocional escondido.

Yo suelo tomar esta flor, te lo aseguro, y la recomiendo cuando aparecen estos excesos en el dar.
Dos gotitas en un vaso de agua durante tres semanas.
Te la recomiendo.

Dar y tomar en las relaciones horizontales

En las relaciones entre iguales —pareja, amistad, hermanos— el intercambio es la base.

Pero igualdad no significa ausencia de orden.

En constelaciones se tiene en cuenta la jerarquía del tiempo: quien llegó antes tiene un lugar anterior.

Esto se ve claramente entre hermanos: el mayor ocupa un lugar diferente del pequeño, aunque ambos sean iguales en dignidad.

También ocurre en la pareja: la relación de pareja llega antes que los hijos, y cuando se olvida este orden, aparecen desajustes.

En la amistad el tema del orden temporal no es tan estructural como en la familia. Puede haber vínculos antiguos muy significativos, pero no existe la misma jerarquía sistémica que entre hermanos o generaciones. Aun así, el respeto por el recorrido compartido suele tener peso emocional.

Cuando uno da mucho más que el otro, aparece la deuda.

Cuando uno toma sin responder, aparece el desgaste.

El amor entre iguales necesita intercambio para crecer.

Dar y tomar en las relaciones verticales

En la relación entre padres e hijos el intercambio no es simétrico.

Los padres dan la vida, el cuidado y la orientación… y después dejan que los hijos la tomen y la lleven más lejos. Si no la toman, ya no es cosa de los padres, sinó de los hijos.

Cuando a los hijos se les da de más, no se les hace bien. Les es difícil tomar, porque no necesitan que les demos todo, sino que les dejemos vivir, equivocarse, frustrarse, aprender, tomar sus propias decisiones, su propio camino.

Llega un momento en que lo más amoroso puede ser decir:

“Hasta aquí. Te di ya todo. No tengo nada más para darte.
Te di la vida, poniendo en riesgo la mía (en el caso de las madres).
Te di todo lo que pude.
Ahora te toca vivir la tuya.”

Con los padres no se trata de devolver lo recibido, sino de tomarlo tal como fue,
agradecer la vida que llegó a través de ellos, vivir la propia vida con ello
y hacer algo bueno con la vida que nos regalaron.

Ese es el mayor regalo para los padres: ver que sus hijos hacen algo bueno con la vida que les dieron.

Qué hacer cuando vemos el desequilibrio

Lo primero no es hacer algo. Lo primero es mirar.

Observar desde dónde actuamos.

Porque muchas veces, sólo con mirar, algo ya se afloja.

Y en ese espacio de suavidad —donde me doy cuenta sin culpa— puedo responder de forma más responsable y adulta.

Puedo hacer algo diferente a lo que hicieron los míos, o a lo que hice yo hasta ahora.

No estamos obligados a repetir.

Vamos a intentar no hacer de inmediato. Solo mirar, tomar consciencia y reflexionar.

Podemos hacernos preguntas, guardarlas, volver a ellas cuando sintamos que algo no está en equilibrio:

– ¿Dónde doy más de lo que corresponde?
– ¿Dónde no tomo lo que sí está disponible?
– ¿Desde qué lugar actúo en este vínculo?
– ¿Qué pasaría si diera menos… o tomara más?

El Dr. Bach decía que esta vida es sólo como un día en la escuela.

Venimos a aprender, nada más.

Y para aprender hay que mirar, tomar consciencia y practicar.

Seguimos practicando.

Ah, y si te apetece escuchar la canción que te decía al principio, que a mi me encanta:



https://www.youtube.com/watch?v=PoCmMVQa8wc

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Dina Murillo Puig

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