

Soy abogada, mediadora y consteladora familiar, pero antes que eso, soy una mujer que ha vivido, buscado, caído y vuelto a levantarse muchas veces.
A mis 50 años, soy madre de un hijo adolescente y tengo una historia —como tantas personas— llena de errores, aprendizajes, relaciones y transformaciones.
Durante años busqué comprender la vida: estudié, me formé, me desesperé, volví a empezar.
Ese camino me llevó a integrar diferentes miradas: yoga, constelaciones familiares, terapias egipcio-esenias, terapia floral, PNL, mediación de conflictos y Un Curso de Milagros, entre otras. Hasta que, al estudiar Qhábala Hermética, empecé a ver las conexiones, las similitudes, el hilo conductor: Una sabiduría común que lo conecta todo.
Con el tiempo, mi profesión también cambió.
Pasé de ejercer el derecho desde la forma tradicional, a acompañar los momentos de conflictos desde otro lugar, más cercano y más consciente, viendo cada conflicto como una verdadera oportunidad.
Hoy acompaño a personas y grupos a ordenar su vida interior, a reconocer sus raíces y recuperar la fuerza de ser quienes son.
Imparto talleres, retiros y formaciones con un mismo propósito: ayudar a las personas a recuperar su poder interno y vivir en coherencia.
Creo profundamente que la formación es una vía de empoderamiento: una manera de entregar a cada persona las herramientas a aplicar luego en su día a día y la confianza para sostenerse por sí misma. Para recordar la propia autoridad interior.
En mis acompañamientos individuales hago lo mismo: entrego el poder.
Veo siempre a la persona adulta que tengo delante, capaz de cuidar a esa parte herida que un día fue niña o niño. Nadie puede hacer el trabajo por ti —pero sí podemos acompañarnos.
Y cuando lo hacemos en grupo, el proceso se amplifica.
Comprendemos que, detrás de nuestras diferencias, compartimos las mismas heridas y anhelos.
Muchas personas haciendo el mismo trabajo a la vez, hacen que este se potencie y se integre mucho más allá de lo que imaginamos.
Eso nos une, nos alivia y nos abre el corazón. Porque, al final, de eso se trata: de ver el amor en todo, incluso en medio del dolor.
Todo lo que comparto lo he practicado primero en mí.
Practicar, siempre practicar.
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