
Hay canciones que no se escuchan con los oídos.
Se escuchan con el cuerpo.
Chiquitita, en la versión de ABBA de los años 70, ha sido una de ellas para mí desde siempre.
Mi padre me la cantaba cuando yo era pequeña. Y con mi padre viví una historia intensa, profunda, llena de aprendizaje… y también de heridas para esa niña que un día fui.
Durante años, cada vez que sonaba la canción, algo en mí se abría y lloraba. No sabía muy bien por qué. Solo sentía. Era una emoción antigua, que no pedía explicación.
En constelaciones familiares sabemos que el cuerpo recuerda antes que la mente.
Y el primer chakra —la raíz— guarda precisamente eso:
la memoria del vínculo primario, la seguridad básica, el permiso para existir y pertenecer.
Aquella emoción que yo sentía no era nostalgia.
Era memoria corporal.
La canción activaba un lugar muy profundo, donde convivían amor, tristeza, lealtad infantil, dolor y una espera silenciosa.
Hace pocos meses leí Monte Madre, un libro duro y a la vez precioso sobre la represión durante la dictadura argentina en los años 70. La novela termina con la siguiente escena: la pareja protagonista llega al aeropuerto de Madrid. Han dejado en Argentina a una hija, a la que llaman Chiquitita. Y, de fondo, suena la canción.
Ahí acaba el libro.
Y ahí algo en mí también se rompió.
Empiezo a llorar con una tristeza profunda, densa, antigua.
Quizás fuese solo mía o no, quizás también fuese transgeneracional.
Pero lo cierto es que, a partir de ese momento, empiezo a escuchar la canción en bucle durante días. Incluso una amiga me la envía preguntándome si la conozco…
La vida insistiendo.
Después de escucharla tantas veces en bucle, de golpe algo cambió y, por primera vez, escuché realmente la letra de esa canción.
La canción empieza diciendo:
«Chiquitita, dime por qué hoy tu dolor te encadena.»
Escuchada desde hoy, esta frase ya no me suena a una pregunta ingenua, sino a una llamada desde el futuro.
Es como si la mujer adulta que soy ahora se dirigiera a la niña que fui y le dijera: “esto que hoy te ata, esto que hoy te encadena, ya no puede seguir gobernando tu vida en este presente que es tu futuro.”
No hay juicio. No hay prisa. No hay intento de arreglar a la niña.
Hay conciencia del tiempo.
Hay un reconocimiento claro: el dolor fue real, pero ya no estamos en el mismo momento de la historia.
Y entonces aparece otra frase profundamente sanadora:
«Si es que tan triste estás, ¿para qué quieres callarlo?»
Aquí no se pide fortaleza. No se pide que se supere nada. No se invita a mirar hacia otro lado.
Se valida la tristeza. Se le da permiso para emerger. Se la mira sin miedo.
Desde una mirada sistémica, esta frase nombra algo esencial: lo que se calla se enquista,
lo que no es mirado permanece atado al pasado.
Nombrar la tristeza no la agranda; la libera.
Y entonces llega esta otra frase, que cambia el lugar desde donde se acompaña:
«Chiquitita, dímelo tú, en mi hombro, aquí, llorando.»
Aquí ya no hay preguntas. Aquí hay presencia. La adulta no interroga, no analiza, no intenta comprender con la cabeza.
Escucha. Sostiene. Ofrece el cuerpo como lugar seguro.
Es la adulta diciéndole a la niña: “puedes llorar aquí. No tienes que poder sola. No tengo prisa.”
Y entonces aparece una frase clave, muy concreta:
«Cuenta conmigo ya, para así seguir andando.»
No es una promesa futura. No es un “algún día”. Es ahora.
La adulta se hace cargo: se queda con la emoción, y cuando ha sido mirada, propone volver a la vida.
Y entonces lo dice claramente:
«Tu ala quebrada, déjamela arreglar, yo la quiero ver curada.»
No desde la omnipotencia, sino desde la responsabilidad adulta.
No para borrar lo vivido, sino para que la herida no siga marcando el rumbo.
Y, a partir de aquí, la canción cambia de tono. La música se eleva. Aparece la alegría.
«Chiquitita, sabes muy bien que las penas vienen y van y desaparecen.»
Aquí entra una verdad profunda: el dolor no es lo único que nos habita.
Los hechos son estos: nada es permanente.
Ni la herida.
Ni la tristeza.
Ni siquiera la sombra.
Y entonces llega algo muy importante:
«Otra vez vas a bailar y serás feliz como flores que florecen.»
La canción nos recuerda algo que a veces olvidamos: la alegría también vive en la niña interior.
No todo en ella es dolor. También hay luz, juego, vitalidad, deseo de vivir.
Y finalmente:
«Quiero verte sonreír para compartir tu alegría, Chiquitita.»
Aquí la adulta no solo sostiene la herida. También reconoce y celebra la alegría que emerge cuando la sombra ha sido mirada.
Eso es la bendición de la sombra: no quedarnos atrapados en lo que dolió, sino recuperar la energía que estaba retenida ahí.
Desde una mirada sistémica, el padre nos enseña —por repetición o por compensación— a integrar lo masculino: la acción, el límite, la dirección, la fuerza para estar en el mundo.
La madre, de la misma manera, nos enseña lo femenino: la acogida, el cuidado, la conexión con la vida, el permiso para sentir.
Ningún padre ni ninguna madre son perfectos. Y eso no es un fallo: es la condición humana.
Por el simple hecho de estar vivos, todos tenemos heridas de infancia, en mayor o menor grado. Cuando esas referencias no han sido del todo equilibradas, algo en nosotros también se desequilibra: mucho masculino y poco femenino, o mucho femenino y poco masculino.
Y da igual el género con el que te sientas identificado; no tiene nada que ver.
Eso no es culpa de nadie. Es un hecho.
Y aquí aparece una pregunta esencial: ¿Seguimos esperando que papá y mamá hubieran sido diferentes? ¿Seguimos reclamando algo que ya no puede darse?
O… ¿nos hacemos cargo nosotros?, ¿de esos chiquititos heridos que siguen esperando ser vistos?
¿Y si dejamos de mirar hacia mamá y hacia papá, queriendo que el pasado sea diferente, y nos centramos en mirar al chiquitito o chiquitita que habita dentro nuestro, y que siente que nadie lo está mirando?
Desde el lugar adulto, la respuesta es clara, aunque no siempre fácil: reclamar que el pasado fuese distinto no sirve de nada, simplemente porque es imposible.
La única vía real es hacernos cargo.
Y aquí hay algo importante que nombrar: las heridas quedan.
No se trata de borrarlas ni de “sanarlas” en el sentido de hacer como si no hubieran existido.
Las heridas forman parte de nuestra historia.
Pero podemos ponerles ungüentos para que no duelan, para que cicatricen y se vuelvan como un tatuaje: una marca que forma parte de nuestra historia, pero que ya no sangra.
En constelaciones familiares, sanar no es borrar la herida.
Es ocupar el lugar que corresponde.
Cuando el adulto interno aparece, el sistema se ordena.
La niña o el niño interior ya no tiene que sostener lo que no le toca.
El primer chakra descansa.
Y entonces ocurre algo muy importante: ya no necesito que mi padre o mi madre me canten la canción, o que reparen algo.
Ahora puedo cantarme yo la canción.
No para salvar a esa chiquitita. No para cambiarla. Solo para estar con ella.
Hoy, Chiquitita ya no me rompe. Me acompaña.
Además, me recuerda que los procesos humanos no son lineales, en nadie: ni siquiera en quienes llevamos años aprendiendo, estudiando, haciendo terapia o acompañando a otros.
Las diferentes fases se van sucediendo: negación, rabia, huida, tristeza… y, finalmente, incluso la alegría en muchos momentos, por haber traspasado la mirada infantil y haber llegado a la mirada adulta, aunque sea momentáneamente. Porque se comparte también la alegría de esa chiquitita, que también la tiene.
Con amor, tiempo y práctica —fundamental practicar para salir de los patrones conocidos— y con amor hacia esa chiquitita o chiquitito, esa mirada adulta va acompañando cada vez más seguido a quien vive dentro de ti.
Cuando la sombra emerge y es mirada, algo se recoloca.
Esa es la bendición de la sombra de la que te hablaba en el artículo anterior.
Y la vida, poco a poco, pesa menos.
Eso también es sanación. Eso también es constelar.
Gracias por leerme. Siempre escribo desde mí; no puedo hacerlo de otra manera.
Pero si algo me siguen enseñando las constelaciones familiares —y de eso hablan también otros textos de este espacio— es que los procesos personales, aunque únicos, comparten un fondo común.
Por eso, cuando una historia resuena, no es casualidad: quizá nombra algo que también está buscando lugar en ti.
Si al leer este texto te han resonado algunas frases, te invito a escuchar la canción completa y a leer su letra con calma.
No como un recuerdo del pasado, sino como una conversación viva entre tu parte adulta y la chiquitita que sigue habitando en ti.
Aquí puedes escucharla y leer la letra completa:
👉 https://www.youtube.com/watch?v=aLITP_U5QYA
A veces, una canción sabe decir lo que todavía no nos atrevemos a nombrar. Y cuando eso ocurre, algo dentro empieza a aflojar… y a volver a bailar.
Si al leer este artículo has sentido que algo resuena, quizás haya un movimiento interno que pide ser acompañado.
El Arte de Vivir en Tu Lugar es un proceso vivencial donde, desde una mirada sistémica y respetuosa, trabajamos con lo que actúa desde el inconsciente para devolver a cada cosa su lugar y permitir que la vida fluya con más sentido.
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