Los antiguos amores, ¿finalizan realmente?

Blog · Vivir en tu lugar
Reflexiones sobre conciencia, vínculos y orden interior

El inicio inesperado

Este artículo se iba a llamar “A todos los amores que no pudieron ser”, pero ha ido evolucionando.

Hace unos días retomé una meditación muy simple de Kundalini Yoga: “Guru Guru Wahe Guru, Guru Guru Ram Das Guru”.

Nada espectacular: solo sentarme, respirar, cantar y sentir el mantra.

Para mí esta meditación tiene mucho que ver con el chakra del corazón, con esa posibilidad de tocar el amor más allá de las historias que nos contamos.

Y entonces, ante mi sorpresa, apareció en mi mente una persona con la que tuve una relación de pareja hace más de trece años. Una historia que sinceramente sentía muy lejana, casi olvidada. Y empezaron a caer lágrimas suaves y profundas.

Me sorprendió mucho.

Así que simplemente dejé caer las lágrimas, sin analizarlas, sin intentar entenderlas, sin intentar frenarlas.

Y cuando acabé me duché, y en la ducha me vino la idea de proponer una meditación sobre los antiguos amores, sobre las relaciones que un día fueron y finalizaron.

La compartí con mi pequeña comunidad, con quienes comparto herramientas y reflexiones sobre mi trabajo con las constelaciones familiares.

Y la respuesta fue enorme.

Muchas personas me escribieron queriendo recibir la meditación.

Así que empecé a escribirla.

La redactaba.

La leía.

La escuchaba.

Incluso la grabé.

Y aunque sentía que podía ser útil, algo dentro de mí me decía que todavía no la compartiera.

Esa misma noche me escribió otra expareja de la que no sabía nada desde hacía años.

Curioso.

Y otras personas me escribían diciendo que desde que habían leído mi propuesta también les estaban ocurriendo sincronicidades parecidas, todo relacionado con diferentes formas de duelos.

Así que esperé.

Sin saber muy bien qué iba a hacer, y seguí sintiendo.

Cuando el dolor empieza a abrirse

Y en una conversación con una querida amiga hablamos de otro tipo de rupturas vitales, a veces dolorosas, pero profundamente humanas.

Hablamos de relaciones que cambian.

De personas que se alejan.

De hijos que crecen.

De vínculos que finalizan.

De aprender a mirar con amor aquello que duele.

Y las dos nos emocionamos.

Y entonces, a la mañana siguiente, me desperté canturreando en mi cabeza una canción de Lluís Llach: “Que tinguem sort”. Esta canción dice (te lo traduzco del catalán):

Si me dices adiós,
quiero que el día sea limpio y claro,
que ningún pájaro rompa la armonía de su canto.

Que tengas suerte
y que encuentres aquello que te faltó en mí.

Si me dices “te quiero”,
que el sol haga el día mucho más largo,
y así robar tiempo al tiempo de un reloj detenido.

Que tengamos suerte,
que encontremos todo aquello que nos faltó
ayer.

Y así toma todo el fruto que pueda darte
el camino que, poco a poco, escribes para mañana.

Porque mañana faltará el fruto de cada paso;
por eso, a pesar de la niebla, hay que caminar.

Si vienes conmigo, no pidas un camino llano,
ni estrellas de plata, ni un mañana lleno de promesas, solo
un poco de suerte, y que la vida nos dé un camino
bien largo.

Y volvieron a brotar lágrimas.

Y empecé a escuchar la canción en bucle.

Y seguí llorando.

Y me vinieron tantas personas a la mente.

Y pensé en mi hijo.

Y seguí llorando.

Y pensé en relaciones antiguas.

En amistades.

En despedidas.

En versiones antiguas de mí misma.

En personas queridas que han fallecido.

“No entres en la historia. Solo siente.”

Y entonces empecé a repetirme algo internamente:

“No entres en la historia. Solo siente.”

Y creo que ahí empezó realmente todo.

Y seguí escuchando la canción.

Y seguí llorando.

Y luego me duché.

Y algo empezó a suavizarse mucho dentro de mí.

Mientras dejaba de entrar en la narración mental… el dolor cambiaba.

Lloraba.

Y luego sonreía.

Y luego volvía a llorar.

Y poco a poco empezó a aparecer algo más.

Sentir físicamente que detrás del dolor… hay amor.

No como una idea bonita.

No como una frase espiritual.

Sentirlo en el cuerpo.

Como una necesidad profunda de unión. De encuentro. De permanecer juntos. De sentirnos vistos y amados.

Y comprender también algo profundamente humano: las personas tenemos los límites que tenemos, los miedos que tenemos, los traumas que tenemos, el ego que tenemos.

Y por eso, en la vida real, no puede haber unión todo el tiempo.

Entonces hay rupturas, separaciones, distancias, pérdidas… y duele.

Y no hablo solo de relaciones de pareja.

También hablo de amistades importantes que terminaron.

De personas cercanas que fallecieron.

De hijos que llegan a la adolescencia y dejan de relacionarse con nosotros como antes.

De hijos adultos que se alejan o toman caminos que no comprendemos.

De etapas de vida que finalizan.

De versiones antiguas de nosotros mismos.

Porque vivir significa atravesar despedidas constantemente.

Y quizás precisamente el hecho de atrevernos a sentir ese dolor… nos permite trascender un poco esa sensación de separación.

Porque cuando dejamos de huir… podemos sentir también el amor que hay detrás.

Más allá de las apariencias, de las heridas, más allá incluso de aquello que terminó.

La mirada sistémica

Y aquí, para mí, las constelaciones familiares tienen mucho sentido.

Porque la sistémica no busca excluir, ni cortar, ni negar, ni borrar.

Busca incluir, dar un lugar, mirar de frente aquello que dolió.

Incluir también a esas personas que un día amamos.

Incluir el dolor, la rabia, la tristeza, la decepción.

Porque cuando dejamos de excluir una parte de nuestra historia… algo empieza a recolocarse.

No se trata de anular ni de olvidar, se trata de colocar.

Hacer un duelo no significa ni olvidar, ni dejar de amar, ni negar lo vivido.

Hacer un duelo es decir:

“Sí. Esto existió.”

“Sí. Esto me dolió.”

“Sí. Aquí hubo amor.”

Y… seguir en la vida.

Porque el amor vivido deja una huella.

Y madurar, ser adultos y adultas, implica autosostener momentos de dolor y aprender a despedirnos, hasta que surge el amor, que siempre está debajo, que siempre está ahí.

Sin retener aquello que ya terminó.

Pero sin negar tampoco lo bueno que sí existió.

Poder quedarnos con lo vivido, lo aprendido, con aquello que sí fue.

El dolor que no se siente se convierte en sufrimiento

Porque el sufrimiento se perpetúa cuando nos resistimos a sentir el dolor.

Cuando negamos el dolor, cuando lo disfrazamos de rabia, indiferencia, de “ya lo superé”, de eterna tristeza que nos pilla desprevenidos… porque no le damos el espacio que se merece.

Cuando hacemos todas esas cosas sin sentir el dolor, nos estamos cerrando a la vida.

Pero detrás del dolor… el amor permanece.

Y cuando dejamos de huir… podemos experimentarlo físicamente.

El duelo no viene a destruirnos, viene a enseñarnos a amar de otra manera.

Más humilde, más humana, más abierta.

Lo que estoy haciendo estos días

Por eso quiero compartirte lo que estoy haciendo estos días, que ya he constatado que funciona. Algo muy sencillo.

No rápido.

No mental.

No para “superarlo” deprisa.

Sino un espacio real para ti.

Por una parte sigo vibrando el mantra Guru Guru Wahe Guru, Guru Guru Ram Das Guru, 11 minutos o 7 minutos o 3 minutos; si un día no puedo mucho rato, al menos hago un ratito.

Cantando, sí.

Hay versiones muy lindas que puedes encontrar por internet. Mirabai Ceiba tiene versiones muy bonitas.

Sube el volumen y escucha sus voces mientras tú, sin miedo, vibras y cantas.

El ejercicio: Autor-retiro

Si puedes, resérvate un día entero.

Un día sin demasiadas obligaciones y sin intentar distraerte continuamente (Netflix, Instagram… ya tú me entiendes).

Un día para sentir de forma voluntaria, en soledad.

Si puedes, que tengas comida rica ya cocinada, y una libreta y boli a mano.

Al despertar, suavemente desayunas rico, te pones cómoda/o para pasar el día contigo.

Pones el mantra, te sientas y lo cantas. Cinco minutos serán suficientes.

Una vez acabas, simplemente silencio, unos minutos más.

Cuando lo sientas, coges libreta y boli y escribes una carta.

Una carta a esa persona, o a esas personas.

No es una carta para enviar, es una carta para decir lo que sea que surge. No pienses.

Solo visualiza a esa persona (tu expareja, tu hijo, tu madre, alguien con quien rompiste, alguien que falleció…) y, sin pensar —esto es importante— empieza a escribir sobre lo que surja.

Pero intenta no quedarte en la historia, en lo que sucedió, en lo que se hizo o en lo que no se hizo.

Sal de la historia, escribe sin pensar…

Tómate tu tiempo, date el tiempo que necesites.

Quizás al principio no sale nada.

Tú empieza a hacer garabatos igualmente, a escribir cualquier palabra.

Empieza por algún lugar.

No tienes que escribir “bien”, ni de forma “lógica” ni “ordenada”.

Simplemente predisponte a sacar…

Importante: cuando acabes, no releas lo que has escrito, porque cuando releemos es fácil entrar otra vez en la historia, en la narrativa.

Simplemente deja que salgan los sentimientos y emociones que vayan surgiendo.

Si sale rabia, está bien.

Si sale tristeza, está bien.

Si sale impotencia, está bien.

Todo lo que hay, está bien.

Démosle espacio a lo que hay, no lo neguemos.

Cuando sientas que ya escribiste todo lo que necesitabas escribir, ahora sí, con intención, escribe: “Toma todo lo que yo te pude dar… y yo tomo todo lo que tú me pudiste dar.”

Lo escribes tres veces, dejas la libreta y el boli.

Cierras los ojos y permaneces en silencio.

Y desde ahí quizás aún debes dejar que salga lo que necesite salir.

La rabia, la tristeza, la decepción, la gratitud, la nostalgia,… todo lo que surja, sin juzgarlo.

Sostener la incomodidad

Si necesitas descansar, estírate y te haces una siesta de media mañana, o simplemente permaneces en silencio o sal a pasear (sin teléfono, sin hablar mucho con nadie).

Mueve el cuerpo antes de comer, sea paseando, o haciendo algún estiramiento, o bailando, o haciendo pesas,… o simplemente mueve el cuerpo, salta, estírate,…

Después de comer, tras reposar un ratito de nuevo, retoma la vibración del mantra (cántalo de nuevo 5 minutos) y permanece en silencio de nuevo…

Vuelve a visualizar a la persona, o personas, o situaciones… y siente de nuevo lo que sea que emerge.

Y cuando lo sientas, vuelves a escribir sin pensar (y sin releer al final) y acabas escribiendo tres veces:

“Toma todo lo que yo te pude dar… y yo tomo todo lo que tú me pudiste dar.”

Y permanece en silencio de nuevo, igual salen más emociones, déjalas salir.

Luego te estiras un ratito, y descansas…

Sé que te apetecerá ver una peli o llamar a alguien o ocupar tu tiempo…

Si lo haces no pasa nada.

Pero si no lo haces, pasará mucho.

Seguirás sosteniendo la incomodidad, lo que vaya quedando de tristeza, o de rabia, o de dolor, y empezarás a contactar con el amor.

Los 21 días

Para acabar el día, escucha la meditación que he grabado y que está disponible y gratuita para ti.

Te recomiendo que esta meditación la puedas escuchar cada día al despertar y/o al irte a dormir durante 21 días.

Durante todo este día y quizás en los próximos días puedes tomar Rescue Remedy (Flores de Bach) que encontrarás fácilmente en farmacias o herboristerías. Puedes ir poniendo cuatro gotas en un vaso de agua o en una infusión, para que te acompañe a sostener este duelo.

Al acabar el día, no intentes sacar conclusiones rápidas.

No intentes decidir si “ya está superado”.

Simplemente descansa.

Date una ducha tranquila.

Ponte un aceite suave en el cuerpo.

Prepárate una infusión caliente (le puedes añadir las cuatro gotitas de Rescue).

Y vete pronto a dormir.

Si decides continuar el proceso durante 21 días escuchando la meditación (te lo recomiendo mucho, y puedes seguir tomando Rescue), date también unos minutos diarios para sentir, respirar e incluir.

Porque el verdadero cambio ocurre cuando dejamos de huir de nosotros mismos.

Y empezamos, poco a poco, a permanecer presentes.

Sintiendo.

Honrando.

Incluyendo.

Y dejando que el amor escondido detrás del dolor… vuelva a moverse dentro de nosotros.

Las canciones, la música

Como te comentaba, cantar el mantra dedicado a Ram Das Guru (el Guru, o el arquetipo de la bondad y la misericordia), ayuda muchísimo.

Y la música en general, toca el corazón, toca el alma.

Estos días hay dos canciones que me están acompañando mucho en este proceso: la que ya te comenté de Lluís Llach, “Que tinguem sort”, y “Un cor a terra” de Eduard Canimas.

Son en catalán, que es mi lengua materna.

Pero aunque tu lengua materna no sea el catalán, te las recomiendo igual.

Esta segunda canción de Eduard Cánimas dice:

“… el amor no se agarra,
el amor se respira.
Es un cambio de ritmo
y vibración de alegría.

Los pozos se atraviesan
y los dejas atrás,
y tomas tranvías
y barcas de vela.

Hay olas que bajan,
hay olas que suben,
y el cielo siempre es amplio
y el sol va con la luna.

Volvamos a poner
cada corazón en su pecho,
compartamos el latido
y que se marche la inquietud.”

Entonces… los amores que fueron ¿finalizan realmente?

Por todo eso, este artículo no se puede llamar “A los amores que no pudieron ser”, porque los antiguos amores (de pareja, hijos, madres, padres, amigos…) con quienes ya no nos relacionamos, los “antiguos” amores, ¿realmente finalizan alguna vez?

No te voy a decir “creo que no”.

Te voy a decir que he sentido que no.

Lo he experimentado.

Ojalá tú también lo puedas experimentar, aunque sea un instante.

Porque el ser humano puede sentir ese AMOR con mayúsculas, a veces solo unos instantes, pero esos instantes valen la pena de vivir el duelo que nos merecemos, por el dolor de la separación en lo relacional.

Y detrás de todo ese dolor… el AMOR, siempre.

Abrirnos al dolor nos abre a la vida y nos hace salir del sufrimiento.

No me creas.

No me lo he inventado yo.

Es una sabiduría muy antigua.

Pero si te sirve lo que te comparto, ojalá lo experimentes regalándote un día para ti.


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Dina Murillo Puig

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