Masculino y Femenino - El Arte de Emparejarnos por dentro

Blog · Vivir en tu lugar
Reflexiones sobre conciencia, vínculos y orden interior

Soy la hermana mayor de cinco hermanos.


Soy autónoma desde hace más de veinticinco años.


He tenido pocos jefes, y cuando los he tenido, he trabajado como si la empresa fuese mía.


He creado proyectos, empresas, equipos. He tomado decisiones. He empujado. Mucho.

Durante años me vi —y todavía me veo a ratos— reflejada en ese tipo de mujer fuerte, autosuficiente, resolutiva, que parece no necesitar a nadie. Mujeres de mi generación que aprendimos pronto a sostener, a resolver, a no depender.


No por soberbia, sino por necesidad.

Con el tiempo he podido mirar esto con más profundidad y entender algo importante: muchas veces esa forma de estar en el mundo implica un exceso de función masculina interna y un déficit o bloqueo de la función femenina.

No como error.

Como estrategia de supervivencia.

El sistema humano no se rompe cuando hay desorden.

Se reorganiza para poder seguir viviendo.

Y la vida —que no es ingenua— suele traer situaciones donde ese equilibrio empieza a pedir ser revisado: en el cuerpo, en los vínculos, en el cansancio profundo que no se resuelve descansando más.

Ese movimiento, cuando aparece, suele ser la primera invitación a mirar con más honestidad cómo se han organizado nuestras fuerzas internas.

Cuando el sistema compensa para sobrevivir

Desde que comenzó el año, este tema aparece con frecuencia en sesiones individuales, talleres y procesos grupales: la polaridad entre lo masculino y lo femenino. No como teoría, sino como experiencia viva.

Es importante aclarar algo desde el inicio: cuando hablo de masculino y femenino no me refiero a género, identidad sexual ni orientación, sino a principios funcionales internos que operan en todas las personas, independientemente de cómo se identifiquen o se expresen en el mundo.

Desde mi experiencia como abogada de familia y como acompañante terapéutica, observo con frecuencia configuraciones donde una parte de la persona —sea cual sea su identidad— está sosteniendo un exceso de función masculina interna: empuje constante, hiperresponsabilidad, dificultad para parar o para recibir ayuda, cuerpos tensos y contracturados, y una sensación persistente de que “si no lo hago yo, no se hace”.

En resonancia con estas configuraciones, aparecen a menudo otras personas que encarnan un predominio de función femenina no integrada: gran sensibilidad sin estructura, dificultad para decidir o sostener límites, dependencia emocional o retirada del vínculo cuando la tensión aumenta.

También observo el movimiento contrario, cada vez más presente en algunos contextos relacionales: personas que, al maternar o cuidar, abandonan completamente otras dimensiones de su vida, depositando en la otra parte del vínculo un sostén económico o estructural prolongado, más allá de lo necesario para el cuidado real.

En estos casos, la otra persona suele ocupar el lugar complementario: sosteniendo desde la función de proveedor, con mayor o menor presencia emocional, o quedando atrapada en un rol que limita el encuentro real.

Nada de esto habla de culpables ni de errores personales. No es un problema moral.

Es, muchas veces, un desorden funcional del sistema, una forma de compensación que permitió sostener la vida en un momento dado.

Las personas no se encuentran por error. Se encuentran por resonancia.

Y cuando el vínculo se rompe, el desequilibrio que antes estaba compensado se vuelve visible y doloroso.

Muchas veces, antes de que esto aparezca en los vínculos o en la vida cotidiana, el sistema ya ha empezado a expresarlo en otro lugar más silencioso y más honesto.

Cuando el cuerpo habla antes que la conciencia

Antes de que el conflicto aparezca en forma de crisis vincular o vital, el cuerpo suele hablar.

Contracturas musculares, mandíbula rígida, bruxismo, dolores cervicales o lumbares, agotamiento nervioso, etc.

Durante años lo viví en mi propio cuerpo. A los treinta y tantos me quedaba clavada de la espalda casi cada mes.

Hoy, con veinte años más, tengo más consciencia… y menos tensión. No porque haya llegado a un equilibrio perfecto —no conozco a nadie que lo haya hecho— sino porque algo ha cambiado en la manera de mirar.

Cuando la consciencia se amplía, el cuerpo deja de tener que gritar con tanta intensidad.

El cuerpo grita en la medida en que no miramos.

Cuando empezamos a mirar, poco a poco, algo se afloja. Una parte cede y otra encuentra espacio para aparecer.

Y en ese movimiento comienza a revelarse algo más profundo: el desequilibrio no suele ser solo físico ni emocional, sino que responde a una dinámica interna más antigua, más estructural.

Polaridad: extremos de una misma corriente

Aquí es importante introducir una mirada que nos saque del juicio.

Desde la sabiduría hermética se recuerda que las polaridades no son opuestas, sino extremos de una misma línea. No luchan entre sí. Se necesitan.

Masculino y femenino no son identidades ni géneros. Son principios funcionales que operan en todos los planos de la vida.

El principio masculino impulsa, dirige, marca límites, proyecta hacia el exterior.

El principio femenino acoge, gesta, nutre, sostiene procesos.

Ambos son necesarios para que exista creación.

Cuando uno actúa sin el otro, aparece la tensión, el desgaste o el estancamiento.

Esto ocurre en el cuerpo, en los vínculos, en los proyectos y en la vida cotidiana.

El desequilibrio no es un fallo.

Es una señal de que algo quiere generarse y todavía no encuentra el modo.

Cuando esta comprensión aparece, se abre la posibilidad de mirar la propia organización interna desde un lugar más adulto y más compasivo.

Integrar para habitar el propio lugar

Integrar lo masculino y lo femenino internos no significa volver a roles antiguos ni corregir la vida.

Significa ordenar el mundo interior para que los sistemas puedan reorganizarse.

Cuando estas polaridades empiezan a cooperar:

  • el cuerpo se relaja

  • la acción se vuelve más clara

  • los  vínculos encuentran mayor equilibrio

  • la energía vital deja de perderse en luchas internas

Desde la Qábala Hermética se enseña que la unión nace de la polaridad: cuando, en una pareja, una persona encarna de forma predominante el principio masculino y la otra el principio femenino —como funciones del alma y no como identidades— se abre una posibilidad profunda de aprendizaje mutuo. Pero solo si hay consciencia.

Lo que aparece fuera puede ayudarnos a integrar lo que pide orden dentro.

Y cuando esa integración comienza a desplegarse, inevitablemente transforma la manera en que vivimos los vínculos, especialmente el vínculo de pareja.

Amor adulto: emparejarnos por dentro

Quiero detenerme aquí en algo importante.

Y, curiosamente, escribo estas líneas en la víspera del 14 de febrero, el llamado día de los enamorados, una fecha que muchas veces refleja una mirada infantil del amor de pareja.

El amor adulto no es fusión ni necesidad.

El amor adulto es:

  • sostener sin invadir

  • impulsar sin empujar

  • no exigir que el otro complete aquello que todavía no habita en mí

Antes de emparejarnos fuera, necesitamos emparejarnos por dentro.

Cuando esto empieza a ocurrir, el vínculo deja de ser un espacio donde compensar carencias y puede convertirse en un lugar donde dos procesos vitales se encuentran y se acompañan.

Y esa integración no ocurre solo desde la comprensión. También necesita ser vivida en el cuerpo y en la experiencia.

Un gesto para reconciliar nuestras polaridades

Si te apetece, te propongo un gesto sencillo.

Coloca una mano sobre el pecho y otra sobre el abdomen.

Reconoce en silencio tu fuerza, tu capacidad de sostener, tu impulso vital.

Reconoce también tu necesidad de pausa, cuidado y descanso.

Sin juicio. Sin intentar cambiar nada.

Y repite internamente: “Hoy honro en mí al que impulsa y a la que gesta. No para luchar, sino para crear vida juntos.”

Permanece unos instantes en silencio.

Si tienes pareja, mírala en silencio y reconoce internamente: “Honro también todas tus partes, tal y como están hoy organizadas. En ti me veo.”

Si no tienes pareja, puedes imaginar un vínculo o un proyecto que desees gestar y decir:

“Aprendo a respetar los ritmos necesarios para que algo nuevo pueda nacer.”

La práctica de estos pequeños gestos no elimina los desequilibrios de la vida, pero ayuda a reconocerlos antes y a volver con más facilidad al propio centro.

Una invitación específica para trabajar lo femenino

En nuestra cultura hemos aprendido a impulsar, resolver, sostener, producir.

El principio masculino interno está ampliamente desarrollado —a veces incluso hipertrofiado.

Pero el principio femenino —escuchar, gestar, esperar, confiar en el ritmo— suele quedar relegado o confundido con fragilidad.

Si al leer este artículo sientes que necesitas trabajar esa dimensión en ti, tengo una propuesta concreta de práctica de mínimo 7 días inspirada en el arquetipo de Saraswati (diosa hindú), como forma de cultivar un femenino lúcido, creador y sereno.

Si lo sientes para ti, puedes escribirme a dinamurillopuig@gmail.com y te la enviaré con detalle.

A veces no necesitamos hacer más.

Necesitamos aprender a dejar que algo se geste.

Aprender a volver al centro, una y otra vez

El 28 de febrero inicio la formación El Arte de Vivir en Tu Lugar.

Un espacio donde propongo trabajar las polaridades en distintos niveles: corporal, emocional, mental y relacional.

No para alcanzar ningún ideal, sino para reconocer antes los desajustes y volver, cada vez con mayor facilidad, al propio centro.

El desequilibrio forma parte de la vida.

La búsqueda del equilibrio también.

Y en ese movimiento —humano, imperfecto y profundamente vivo— seguimos aprendiendo a habitar nuestro lugar.

Descubre la formación El Arte de Vivir en Tu Lugar:

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Dina Murillo Puig

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