¿Qué narices pinto yo aquí?

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Reflexiones sobre conciencia, vínculos y orden interior

Pertenecer sin encajar: la culpa, el ego y el lugar que ya es nuestro

Cuando aparece la sensación de no encajar

¿Te ha pasado alguna vez de estar en un lugar y pensar:
“¿qué narices hago yo aquí?” o “aquí no pinto nada”?

Se puede dar en espacios donde conoces a poca gente… pero otras veces, curiosamente, en lugares donde conoces a muchos. Puede ser en una fiesta, o en un círculo de amigos. Incluso al lado de tu pareja o dentro de tu propia familia.

¿Te ha pasado?

A mí sí.

Y cuando me ocurre, cuando aparece esa sensación de no encajar en el lugar donde estoy, empiezo a preguntarme:
¿no pertenezco? ¿no me incluyen? ¿no me incluyo?

Y ahí empieza el análisis mental.
La búsqueda de explicaciones.
La historia de que “no encajo”.

El ego y la historia que construye

Para mí, eso tiene mucho que ver con el ego.

Entiendo el ego como esa parte de la mente que me sitúa en un lugar que no me da paz.
Concibo el ego como todo aquello que me aleja de la paz interior.

El ego siempre busca.
Busca explicación, busca seguridad, busca encajar…
y muchas veces busca problemas.
Porque si no hubiera conflicto, el ego no tendría nada que sostener.

Desde ahí, la sensación de no encajar y las emociones que me provoca —ninguna de ellas pacífica— me recuerdan, cuando logro darme cuenta, que necesito salir de esa historia. Y la responsabilidad de hacerlo es mía, no del entorno al que creo no pertenecer. De eso no va la pertenencia.

Pertenecer es un verbo

Porque pertenecer no es solo una emoción.
Es un verbo.

Y como todo verbo, habla de relación y de algo que sucede en la realidad, no solo en mi cabeza.

Cuando digo que amo, no hablo solo de lo que siento, hablo de un vínculo.
Cuando digo que pertenezco, no hablo solo de si me siento incluida o no, hablo de que formo parte de una red de relaciones que existe, me guste o no, la perciba o no.

Etimológicamente, pertenecer viene del latín pertinere: estar ligado a, tener relación con, extenderse hasta.

Es decir, pertenecer no es algo que me conceden.
Es algo que ya sucede.

La pertenencia no es selectiva

Y pertenecer no es algo selectivo.
Pertenecemos todos.

También quienes nos resultan difíciles.
También quienes juzgamos.
También quienes el sistema etiqueta como “los malos”.

Cuando alguien queda fuera, el sistema no se tranquiliza.
Se tensiona.

No como castigo ni como cuestión moral, sino porque los sistemas buscan el equilibrio. Y cuando alguien es excluido, algo en la vida empuja para que vuelva a ser visto, reconocido o integrado de algún modo.

Por eso, en mi experiencia, es mucho más sencillo y pacífico incluir que excluir.
No porque sea más “correcto”, sino porque es más real.

Pertenecer sucede.
No depende de mi interpretación, ni hacia mí ni hacia los otros.

El miedo profundo: no ser amado

Lo que a veces se nos mueve no es la pertenencia.
Es la forma en que creemos que deberíamos encajar.

Y cuando dudamos de esa pertenencia, aparece algo muy profundo: el miedo.

El miedo a no ser reconocidos.
El miedo a no ser queridos.
El miedo a quedarnos fuera.

Porque todos necesitamos sentir que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos.

La culpa más allá de lo moral

Y ese miedo es tan grande que, cuando sentimos que una decisión, una palabra o un movimiento pueden poner en riesgo ese reconocimiento, aparece la culpa.

No hablo de la culpa como algo moral, como una medida de lo que está bien o mal.

Muchas veces esa culpa no aparece porque hayamos hecho algo incorrecto, sino porque tememos —inconscientemente— que ese gesto nos separe de los demás.

La culpa que encierra y la culpa que abre

Hay una culpa que encierra…
y una culpa que abre.

La culpa que encierra es la que nos mantiene fieles al sistema aunque eso nos reduzca. Nos hace adaptarnos, callar, no movernos demasiado. Nos protege de la exclusión, pero también del crecimiento.

La culpa que abre aparece cuando damos un paso hacia nuestra verdad. No nos encadena, nos confronta. Nos pide sostener el movimiento, asumir la consecuencia, crecer.

Desde ahí, la culpa deja de ser castigo… y se convierte en señal.

Si la miramos con conciencia, puede ayudarnos a actuar de forma responsable y a comprender qué se mueve en nosotros y en el sistema.

Es una emoción que regula los sistemas humanos.
Como una marea que se mueve cuando alguien cambia de posición.

El tiempo incómodo de la incertidumbre

A veces esa marea incomoda o asusta.

Porque no sabemos si el cambio está en nosotros, en los otros o en el propio sistema.

Y ese tiempo de incertidumbre cuesta sostenerlo.

No siempre es fácil quedarse.
A veces hay que moverse.
A veces hay que poner límites.
A veces hay que irse.

Pero muchas otras veces vale la pena quedarse un tiempo.
Respirar.
Esperar.
No reaccionar enseguida.

Porque sin esa paciencia, actuamos solo desde el miedo.

Lo que hago yo cuando aparece

Hoy, cuando aparece en mí esa sensación de “no encajo”, intento hacer algo sencillo.

Primero me pregunto:
¿este pensamiento me da paz?

Si no me da paz, sé que es ego.

Entonces, cuando soy capaz de verlo, me recuerdo algo esencial:

Pertenezco por el solo hecho de existir.
Soy digna de amor por el hecho de existir.
Estamos unidos, aunque a veces mi arrogancia me haga sentir fuera de lugar.

Porque detrás de esa arrogancia, si miro bien, suele estar algo mucho más sencillo: el miedo a no ser amada.

Y ahí, en lugar de buscar encajar, intento hacer otra cosa.

Me quedo.
Me escucho.
Y me amo.

Amo, como verbo.
Como práctica.
Como decisión cotidiana.

Y amar empieza por casa.
Porque si realmente me escucho y me amo, tampoco me quedaré en un lugar que me haga daño.

Amarme primero es lo que me permite amar bien a los demás.

Cada día un poquito más.

Entonces… ¿qué narices pinto yo aquí?

Escribo estos textos también por eso.

Para ordenarme yo.
Para compartir, por si a alguien le sirve.
Y para recordar que, incluso cuando dudamos, formamos parte de algo común.

Porque quizá la pertenencia no se demuestra encajando, sino reconociendo que ya estamos dentro.

Así que sí.
Aquí estoy.
Escribiendo.

Y quizá eso sea exactamente lo que pinto aquí.

O quizá no.
Pero no importa.

Porque pertenecer, pertenezco.
Y tú.
Y él.
Y ella.
Y elles.

Every world.

Que estas reflexiones compartidas te traigan algo más de paz.
A mí, escribirlas me la ha dado.


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Dina Murillo Puig

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